Caluroso y húmedo sábado 26 de noviembre. Mario se hundió en el sillón, encendió la tele y, satisfecho después de la cena, se dio cuenta que su descanso nocturno iba a comenzar allí mismo, desparramado entre almohadones. Hacía menos de un mes que disfrutaba la soledad de ese departamento prestado, un verdadero alivio después de la tortuosa separación. Extrañaba el día a día con su hijo, pero eso se decidía en otro lado.
Mario intentaba poner la mente en blanco cuando lo sobresaltó el teléfono. Extraño horario para recibir un llamado. Atendió. “Espere un minuto que le van a hablar”, le dijeron del otro lado de la línea, y eso lo descolocó aún más. ¿A quien se le ocurriría molestar por trabajo un sábado casi sobre la medianoche? Finalmente, le habló una voz conocida pero al mismo tiempo lejana que empezó a indagarlo sobre la separación. “¿Quién habla?”, preguntó Mario inseguro. “Soy yo, Babi. De la radio”, le contestaron del otro lado. Dudó entre cortar o seguir hablando, y busco un obvio reaseguro: “¿Estoy al aire?”. Estaba al aire.



