No estoy en el vademécum

By kiken

Caluroso y húmedo sábado 26 de noviembre. Mario se hundió en el sillón, encendió la tele y, satisfecho después de la cena, se dio cuenta que su descanso nocturno iba a comenzar allí mismo, desparramado entre almohadones. Hacía menos de un mes que disfrutaba la soledad de ese departamento prestado, un verdadero alivio después de la tortuosa separación. Extrañaba el día a día con su hijo, pero eso se decidía en otro lado.

Mario intentaba poner la mente en blanco cuando lo sobresaltó el teléfono. Extraño horario para recibir un llamado. Atendió. “Espere un minuto que le van a hablar”, le dijeron del otro lado de la línea, y eso lo descolocó aún más. ¿A quien se le ocurriría molestar por trabajo un sábado casi sobre la medianoche? Finalmente, le habló una voz conocida pero al mismo tiempo lejana que empezó a indagarlo sobre la separación. “¿Quién habla?”, preguntó Mario inseguro. “Soy yo, Babi. De la radio”, le contestaron del otro lado. Dudó entre cortar o seguir hablando, y busco un obvio reaseguro: “¿Estoy al aire?”. Estaba al aire.

El locutor quería saber de su separación. Con desgano, pero al mismo tiempo como una repentina e inexplicable catarsis, aceptó sacarle las dudas a ese hombre de por qué había decidido terminar esa relación. “Si ella quiere estar con otra persona, que esté. Pero hay cosas en el medio a las que tiene que respetar”. Esa parrafada la había repetido mil veces en estos días y ahora otra vez, pero en vivo para vaya a saber cuánta gente y por la radio. “¿Ustedes hablaron con ella?”, preguntó Mario. Sabía que si lo habían llamado era por que ella había armado un nuevo acto de victimización. “Sí, y está muy mal”, le remarcó el locutor, con una intencionalidad que es marca registrada. E insistió: “Ella necesita que vuelvas. Podés hablarle, está en la otra línea”. Mario quedó pasmado. No quería hablarle. No de esa manera. Menos en ese ámbito.

“Hola Mario, te extraño. Necesito que vuelvas”, escuchó del otro lado. “Me parece que este no es el lugar para hablarlo”, se defendió él buscando una salida a semejante incomodidad. Ella siguió unos minutos con su pedido quejumbroso, en medio de disculpas por haberse encamado con otro. Le habló de su hijo que lo extrañaba, de las cosas que le hacían falta. Y finalmente una frase que fue insoportable. “Mario estoy enferma, me diagnosticaron Parkinson y necesito que vuelvas para curarme”. El, que hasta allí solo había escuchado lo que ella decía sin interrumpir, soltó casi inconscientemente una frase que sonó tan tajante como violenta: “Disculpame Silvia, pero lamentablemente yo no estoy en el vademécum de la obra social”.

Silencio. Ni Babi ni Silvia supieron qué decir. Mario tampoco. “¿Aceptás hablar fuera de este ámbito?”, preguntó el locutor, ahora formal y circunspecto, tratando de pasar el áspero momento como podía y así darlo por terminado. “No sé, puede ser…”, aceptó Mario sin ganas. “Volvé”, repetía ella desde el otro lado. ¿Adónde quería que vuelva? Ya le había dicho que ahí no estaba.

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